Así está el mundo en el 2026.

 

Así está el mundo en el 2026.

Editorial.

Es desalentador ver cómo, después de un evento global que nos afectó a todos por igual como la pandemia, la esperanza de una mayor solidaridad y cooperación se haya desvanecido tan rápidamente. Muchos de los problemas preexistentes no solo no se resolvieron, sino que se agravaron. La pandemia actuó como un catalizador y un revelador de las fracturas profundas de nuestra sociedad por diversas razones.


La división y la polarización: en muchos países, la pandemia y las medidas para enfrentarla se politizaron hasta el extremo, convirtiendo debates de salud pública en guerras culturales. Esto ha creado un ambiente de "nosotros contra ellos", donde el diálogo es reemplazado por la descalificación. Las redes sociales suelen amplificar estos ecos, encerrándonos en burbujas de opinión.

La carrera armamentista y las nuevas guerras: los conflictos ya no son sólo convencionales. Las guerras híbridas (que combinan ciberataques, desinformación, presión económica y fuerzas proxy) son la nueva norma. La amenaza nuclear, aunque antigua, se ha revitalizado en un contexto de mayor tensión entre grandes potencias. La sensación de estar "a un botón de distancia" es aterradoramente real.

El agravamiento de las crisis sistémicas: la pobreza, la desigualdad, la crisis climática y el colapso de los sistemas de salud se hicieron más evidentes. La pandemia mostró quiénes son los verdaderamente vulnerables. Sin embargo, en lugar de un esfuerzo global coordinado para abordar estas fallas, muchas naciones se han retraído en un "sálvese quien pueda" y en la competencia por recursos.

¿Por qué parece que no aprendimos nada?

Los intereses creados son poderosos, al final "los intereses sobre las personas". Los intereses geopolíticos, económicos de corporaciones y élites y políticos líderes que ganan con la división a menudo se anteponen al bien común. El complejo militar industrial, las grandes farmacéuticas, los gigantes tecnológicos y los grupos de poder económico tienen una influencia descomunal en las decisiones globales.

La fatiga y el cortoplacismo, después del trauma colectivo, muchas sociedades están agotadas. Esto, sumado a ciclos políticos y mediáticos que exigen resultados inmediatos, hace que sea difícil mantener la atención y la energía en problemas complejos y de largo plazo como la inequidad o la paz.

La arquitectura global está obsoleta, instituciones como la ONU, creadas después de la Segunda Guerra Mundial, están paralizadas por los vetos y los intereses nacionales, lo que las hace ineficaces para gestionar crisis globales actuales.

Un rayo de esperanza, por pequeño que sea. Aunque la narrativa dominante es sombría, no todo es negro. La desilusión en sí misma es un signo de conciencia y esa conciencia es el primer paso para el cambio.

Existen movimientos de base y sociedad civil en todo el mundo trabajando localmente en problemas de hambre, salud, educación y justicia. Hay científicos, diplomáticos y activistas que, lejos de los reflectores, siguen luchando por la cooperación internacional, por desarme, por tratados climáticos. La conciencia ecológica y de interdependencia, aunque lenta, está creciendo. Cada vez más personas comprenden que no podemos sobrevivir en un planeta dividido y enfermo.

El peligro no es solo que "un desquiciado oprima un botón", sino que la indiferencia y la resignación colectivas nos lleven al colapso por inacción. Quizás el verdadero aprendizaje, el que aún no se materializa, pero puede gestarse, es que la humanidad no se salvará con héroes ni con soluciones mágicas, sino con la reconstrucción paciente, desde abajo, de la confianza, la comunidad y la política con sentido ético. Es un camino arduo, y a veces parece imposible, pero el primer acto de resistencia es negarse a aceptar que esto es "lo normal" y mantener viva la exigencia de un mundo más humano.

El desencanto es comprensible, pero en el fondo es una forma de esperanza herida. La alternativa al cinismo no es el optimismo ingenuo, sino el compromiso obstinado con lo que creemos correcto, en nuestra esfera de influencia, por pequeña que sea.

-- Edward Holfman

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