Un Estado paralizado: Uruguay frente a la violencia homicida.

Un Estado paralizado: Uruguay frente a la violencia homicida

 

Editorial

La violencia homicida en Uruguay ya no puede describirse como un fenómeno coyuntural. Se ha transformado en un patrón estructural, marcado por la expansión del narcotráfico, la consolidación de organizaciones criminales con base carcelaria y la incapacidad estatal de generar una respuesta integral.

El dato más inquietante no es solo el aumento de muertes, sino la sensación de anestesia institucional: un gobierno que observa reacciona tarde y se aferra a discursos superficiales, mientras la criminalidad avanza en forma organizada y sostenida.




 Factores que explican la escalada

Narco como motor principal
El tráfico y microtráfico de drogas son el eje de los conflictos territoriales. Las bocas de venta no solo generan consumo, sino también violencia: cada cierre, lejos de estabilizar, provoca un reacomodo sangriento.

Cárceles como centros de mando

Bandas como los Fernández Albín, los Suárez o los Colorados continúan organizando operaciones desde el Penal de Libertad y otros establecimientos. El Estado custodia a los líderes, pero no impide que dirijan negocios desde sus celdas.

Debilidad de la inteligencia
Fallas de anticipación, carencia de información procesada y la falta de articulación entre organismos han dejado expuesta incluso a la propia institucionalidad. El ataque contra la Fiscal de Corte es un síntoma claro: si el sistema no logra proteger a su máxima autoridad, ¿qué puede esperar el ciudadano común?

Desgaste policial
Con recursos humanos mal-distribuidos, exceso de funciones administrativas y condiciones laborales precarias, la Policía se ha transformado en un actor reactivo, incapaz de sostener estrategias preventivas efectivas.


 Un Estado en silencio peligroso

Mientras tanto, el debate político se diluye en reproches y cálculos partidarios. No hay un plan nacional de seguridad pública, lo que existe es una política penitenciaria que suma operadores y policías al sistema carcelario, pero descuida la seguridad ciudadana.

El riesgo es claro, el crimen organizado ocupa espacios donde el Estado retrocede o se vuelve irrelevante, consolidando un poder paralelo que intimida barrios, penetra en la economía informal y amenaza directamente la democracia.


 Qué debería hacerse

Diseñar una política criminal integral, con metas verificables y compromisos institucionales más allá de los períodos de gobierno.

Recuperar la inteligencia policial y estatal, con foco en logística, finanzas y alianzas internacionales del narcotráfico.

Blindar la institucionalidad con sistemas de protección eficaces para jueces, fiscales y testigos.

Reestructurar la distribución policial, reforzando zonas críticas y modernizando su despliegue con tecnología.

Coordinar fuerzas: sin cooperación real entre Policía, Fiscalía, sistema penitenciario y organismos financieros, la fragmentación seguirá favoreciendo al crimen.


 Uruguay no enfrenta una “sensación de inseguridad”: enfrenta una crisis real de seguridad pública, donde la violencia homicida y narco ya son un actor de poder.

El silencio o la pasividad del Estado se vuelve cómplice por omisión. Y cada día que pasa sin respuestas firmes, la distancia entre legalidad y criminalidad se acorta peligrosamente.

 

Edward Holfman EHM 


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