Uruguay - Siete homicidios en 24 horas.

 

Uruguay - Siete homicidios en 24 horas

Editorial 

La radiografía de una violencia desbordada. 

En menos de 24 horas, Uruguay registró siete homicidios en diferentes puntos del país: Montevideo, Canelones y Paysandú. La cifra, que impresiona por sí sola, adquiere aún mayor gravedad cuando se observan las circunstancias: ejecuciones en plena vía pública, ataques a plena luz del día, un adolescente de 15 años asesinado, y una secuencia de hechos que dejan en evidencia la consolidación de un patrón criminal que ya no se limita a los márgenes delictivos tradicionales.

Lo que vivimos no son hechos aislados: es el reflejo de una ola de violencia homicida que responde a dinámicas del crimen organizado, el narcotráfico y los ajustes de cuentas, pero que al mismo tiempo desnuda la fragilidad del Estado en su capacidad de prevención, control territorial y respuesta estratégica.



La geografía de la violencia

Los siete homicidios se distribuyeron en:

  • Montevideo: Buceo, Cerro, Casabó, Reducto y Santa Catalina.

  • Canelones (El Pinar): un adolescente de 15 años ejecutado de un disparo en la cabeza.

  • Paysandú: un hombre de 42 años asesinado en pleno centro.

La dispersión territorial confirma que la violencia homicida no es un fenómeno localizado en la capital, sino una problemática nacional que se expande desde barrios periféricos hacia centros urbanos y departamentales.


La modalidad: sicariato y ejecuciones

El denominador común de estos casos es el uso de armas de fuego en situaciones de emboscada o sicariato:

  • Víctimas ejecutadas en autos o en la calle.

  • Atacantes en motos, encapuchados, actuando con precisión y rapidez.

  • Escenarios con múltiples detonaciones, frente a testigos, sin temor a la reacción policial.

La violencia planificada y profesionalizada muestra que ya no se trata solo de delitos por oportunidad, sino de organizaciones criminales que operan con lógica de eliminación de rivales, disciplina territorial y mensajes de poder.


Las víctimas: del narcotráfico a la adolescencia

El caso más impactante es el asesinato del adolescente de 15 años en El Pinar, ejecutado de un disparo en la cabeza y abandonado junto a una parada de ómnibus. Su muerte simboliza un quiebre: la criminalidad ya no distingue edades ni contextos, y los menores se convierten en víctimas (o participantes) de estas disputas.

A su vez, otras muertes confirman el vínculo con el narcotráfico: hombres atacados en bocas de venta de drogas, antecedentes vinculados a delitos de drogas en el pasado, o escenarios de consumo y venta como punto de partida de los crímenes.


El Estado en jaque

Frente a estos hechos, el Estado aparece en posición reactiva. Policía Científica, Homicidios y Fiscalía corren detrás de cada escena, mientras la narrativa oficial se limita a informar sobre “investigaciones en curso”. Sin embargo, no hay un mensaje político claro, ni una estrategia que logre transmitir control, liderazgo o capacidad de revertir la tendencia.

El mensaje que recibe la ciudadanía es otro: la violencia tiene la iniciativa, el Estado responde después.


Riesgo de normalización

Siete homicidios en 24 horas deberían ser un punto de inflexión nacional. Sin embargo, Uruguay corre el riesgo de caer en la normalización de la violencia, acostumbrándose a cifras que hace apenas una década hubieran sido impensables.

El peligro es doble:

  1. Social, porque la población comienza a percibir la violencia como parte inevitable de la vida cotidiana.
  2. Institucional, porque la ausencia de un plan integral erosiona la confianza ciudadana en el sistema de seguridad y justicia.


Hacia dónde avanzar

Uruguay necesita una estrategia que combine control territorial, inteligencia criminal y combate frontal al narcotráfico, pero también un enfoque de prevención y contención social que reduzca la captación de jóvenes por estas organizaciones.

Las líneas mínimas deberían incluir:

  • Fortalecimiento real de la Policía de Investigaciones y Homicidios.

  • Trabajo territorial integrado en barrios críticos, con coordinación policial, social y comunitaria.

  • Una política penitenciaria reformada, que corte la conexión entre cárceles y el crimen organizado.

  • Mensajes políticos claros que devuelvan a la sociedad la certeza de que el Estado no ha cedido el control del territorio.


Conclusión

Los siete homicidios en 24 horas no son un accidente, son un síntoma. Reflejan la capacidad del crimen organizado de imponer reglas en territorios debilitados, la facilidad para acceder a armas de fuego y la falta de un rumbo claro en la política de seguridad pública.

Uruguay no puede resignarse a ser un país donde la cifra de muertos se contabiliza como si fuera un parte de guerra. Cada homicidio es un fracaso del sistema de seguridad, pero también una advertencia: la violencia homicida está marcando el pulso del país, y el Estado aún no encuentra la manera de detenerla


Edward Holfman EHM 

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